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La Era de Trujillo. La otra Fiesta del Chivo
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por Luis Morillo
Vilches
Uno
de los grandes acontecimientos literarios del pasado año
2000 ha
sido la publicación
de
La Fiesta
del Chivo(1), la última y esperada obra del gran escritor peruano Mario Vargas Llosa. Dicha
novela tiene como trasfondo de su trama los últimos días de la vida del
dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina, que rigió con mano de
hierro los destinos de
la República Dominicana
durante 31 años, desde el 16
de agosto de 1930 hasta el 30 de mayo de 1961, en que cayó asesinado víctima de
una conspiración urdida por
la CIA
,
el Servicio Secreto estadounidense.
El libro ha sido muy bien acogido por la crítica, pero no
todo han sido alabanzas. Así, desde distintos sectores, sobre todo dominicanos,
se han reprochado a Vargas Llosa diferentes aspectos -generalmente históricos-
de la novela: principalmente, el que no haya dejado en muy buen lugar a los
miembros del comando que asesinó a Trujillo (los llamados Héroes del 30 de
Mayo), o que a la hora de documentarse no contara con la opinión de los
familiares del dictador que aún viven.
Aunque formalmente se trate de una ficción basada
en hechos reales, por
La
Fiesta
del Chivo desfila un sinfín de personajes,
actores principales en la tragicomedia desatada durante la dictadura de
Trujillo, la mayoría de ellos con su nombre verdadero pero otros con
seudónimos, aunque no resulte tarea muy difícil la de identificarlos. Por ello,
en la presentación del libro en el emblemático Hotel Jaragua de Santo Domingo
se adoptaron unas inusitadas medidas de seguridad en previsión de algún posible
incidente.
Siempre se ha dicho -quizá suene a tópico- que el
sello postal sea posiblemente el mejor embajador que tenga cualquier país: sus
costumbres, paisajes, celebridades, pero también los reyes, presidentes o
dictadores que rigieron sus destinos viajan en él, adheridos al frente del
sobre de correos, anticipando su procedencia, presentando las credenciales del
lugar de donde vienen. Ciertamente, las efigies y retratos de aquéllos
constituían los motivos preponderantes de las primeras emisiones postales, cosa
normal si tenemos en cuenta que hasta principios del siglo XX no empezaron a
aparecer series propiamente temáticas.
Sin embargo, a la hora de hablar sobre el
personalismo en filatelia, sobre el abuso a la hora de plasmar postalmente la
imagen del mandatario de un país, tenemos que detenernos obligadamente en los
sellos emitidos por el Correo de
la República Dominicana
durante el largo período en que gobernaron los Trujillo (fueron poco más de
tres décadas que pasaron a la historia con el nombre de
La Era
de Trujillo).
En pocas ocasiones se ha producido, si exceptuamos algún ejemplo como el del
régimen del presidente iraquí Sadam Hussein o el período de
la Revolución Cultural
en
la China
de
Mao, un culto a la personalidad tan desmedido, tan evidente. En el caso de
Trujillo, ese culto, esa idolatría, se extendió no sólo a su persona sino
también -lo veremos- a toda su familia.
Rafael
Leónidas Trujillo Molina nació el 24 de octubre de 1891 en San Cristóbal(2), una
pequeña ciudad del sur de
la República Dominicana
, muy cerca de su capital,
Santo Domingo, en el seno de una familia de la clase media. Fue el tercero de
once hermanos, siendo sus padres José Trujillo Valdés y Julia Altagracia Molina
Chevalier. Su progenitor, hijo del español José Trujillo Monagas, se dedicaba a
los negocios y era conocido por su vida un tanto bohemia. En cuanto a su madre,
era la perfecta antítesis del padre. De ella dicen que fue una mujer abnegada y
sencilla que volcó toda su existencia al cuidado de sus numerosos hijos, quizá
buscando el consuelo ante las continuas infidelidades de que era objeto por
parte de su esposo. Sin duda, esta circunstancia influyó en la verdadera
adoración que le profesó el dictador durante toda su vida.
Otra figura importante en la vida de Rafael
Leónidas Trujillo fue su abuela materna, Ercina Chevalier. Ella era mulata, de origen haitiano y, por tanto, la responsable
inmediata de que por las venas de sus nietos corriese una ligera proporción de
sangre africana. Esa herencia obsesionaría al dictador durante toda su vida,
tanto en su faceta pública como en la privada (dentro de su pasión enfermiza
por el aseo y la limpieza, se dice que empleaba muchas cremas para disimular su
tez ligeramente morena; no en vano su hermano Héctor Bienvenido era conocido
con el sobrenombre de Negro).
Tanto José
Trujillo Valdez como Julia Altagracia Molina Chevalier fueron filatelizados durante el largo mandato de su hijo.
Efectivamente, en 1939 se conmemoró el 4º aniversario de la muerte de José
Trujillo con una serie de cinco sellos (Yvert,
320-324) que reproducían su retrato enmarcado por una orla de color negro
que simbolizaba el luto nacional. Al año siguiente le tocaría el turno a la
madre del dictador, protagonista exclusiva de la emisión titulada Día de las
Madres (Yvert, 330-333); no olvidemos que doña
Julia,
la Excelsa
Matrona
, también era considerada por el régimen como Primera
Madre de
la República.
En aquellos años,
la República Dominicana
era un país devastado por las continuas rencillas que se sucedían entre los
distintos caudillos locales. No corría mejor suerte su economía, sumida en una
profunda crisis provocada por muchos años de nefasta gestión que llevaron
ineludiblemente a su endeudamiento con varias naciones europeas y americanas.
Tales circunstancias determinaron que el Gobierno del presidente Cáceres
firmara en 1907 un tratado con los Estados Unidos, de 50 años de duración, por
el que este país se encargaría de las finanzas y la administración dominicanas,
comprometiéndose en cambio a ajustar las obligaciones financieras externas de
la nación caribeña.
Sin embargo, esta situación provocó tantos
disturbios que el capitán de navío H. S. Knapp, con
el pretexto de la defensa de los intereses norteamericanos, proclamó
oficialmente en nombre de los Estados Unidos la ocupación militar del país el
29 de noviembre de 1916, que se prolongará casi ocho años, hasta el 12 de julio
de 1924, fecha en la que el general Horacio Vásquez accedió a la presidencia de
la nación tras resultar vencedor en las elecciones celebradas al efecto. A
partir de ese momento, se abrió un nuevo periodo de nefasto recuerdo en la
historia dominicana,
la
Intervención
, en el que la soberanía nacional, ya de por
sí resquebrajada desde el tratado suscrito en 1907, iba a quedar aún más en
entredicho.
La ocupación americana, que tuvo algunas
consecuencias positivas como el saneamiento de la hacienda pública y la
estabilidad política del país, se tuvo que imponer por la fuerza puesto que
desde fecha muy temprana comenzaron a surgir grupos de guerrilleros, sobre todo
en el medio rural, dispuestos a enfrentarse contra las tropas invasoras.
Precisamente, será en el seno de
la Policía Nacional
Dominicana, cuerpo
creado por los estadounidenses para mantener el orden público, donde empiece a
perfilarse la futura personalidad de Rafael Leónidas Trujillo.
Empleado en el Telégrafo de Baní desde los dieciséis años, una vez ingrese Trujillo en el ejército, su carrera
militar llegará a ser meteórica: desde su admisión en diciembre de 1918 en las
fuerzas de intervención, en unos pocos años llegará a ser capitán (1922),
teniente coronel (1925) y en 1934, el cúlmen: jefe
del Estado Mayor. Es evidente que tanto la sólida formación proporcionada por
los instructores norteamericanos como el firme apoyo de Horacio Vásquez, el
presidente de
la República
por aquel entonces, contribuyeron decisivamente a ello y le permitieron
comenzar a dominar los resortes más oscuros del poder. Fue también allí donde
empezó a atesorar su legendaria fortuna, pues el sistema de aprovisionamiento y
compras del ejército era muy propicio para el enriquecimiento personal.
Por aquel entonces (estamos en la segunda mitad de
la década de los veinte), Horacio Vásquez y su Partido Nacional dominaban la escena política de la nación. Su confianza en Trujillo era ciega.
Sin embargo, los deseos del presidente para postularse a la reelección no iban
a encontrar el apoyo suficiente de su oposición política. Tal era el
descontento contra la actitud de Vásquez que incluso su propio secretario de
Estado, Rafael Estrella Ureña, llegó a separarse del
Gobierno para combatir dicha reelección fundando con ese fin un nuevo partido,
el Republicano.
El papel que jugó Trujillo en la conspiración fue
fundamental, pues la actuación pasiva de las Fuerzas Armadas, de las que era su
principal mando, frente al levantamiento producido el 23 de febrero de 1930 en
Santiago de los Caballeros,
la
Revolución
de Santiago, contribuyó de manera
definitiva al derrocamiento del presidente Vásquez.
Rafael Estrella Ureña asumió la presidencia el 2 de marzo pero poco tiempo bastó para comprobar que
la participación de Trujillo en la trama no era la de un mero invitado sino que
sus apetencias de poder iban más allá de conformarse con ser un segundón, un
convidado de piedra. Para alcanzar esos objetivos no había nada mejor que
forzar la convocatoria de unas elecciones que, debidamente amañadas, le
permitirían hacerse con la más alta magistratura de la nación; de esa manera
también conseguiría legitimizar de cara a la opinión pública internacional su
futuro mandato.
Esas elecciones presidenciales se celebraron el 24
de mayo en medio de una auténtica campaña de terror desatada contra todo
posible movimiento opositor a la única candidatura presentada, la encabezada
por Trujillo que, no podía ser menos, venció de una forma abrumadora (se
contabilizaron aproximadamente 224.000 votos a su favor y tan sólo unos 2.000
en contra).
El 16 de agosto de 1930, Rafael Leónidas Trujillo
Molina jurará su cargo de Presidente de
la República Dominicana.
Su vicepresidente será Rafael Estrella Ureña. Apenas
un año después, el 2 de agosto de 1931, Trujillo fundará el Partido
Dominicano, el instrumento político del que se valdrá el régimen durante su
larga trayectoria; un partido o mejor, una auténtica organización de masas en
la que debía ingresar todo dominicano mayor de edad (por lo que pudiera pasar),
y al que los funcionarios públicos debían contribuir con un 10% de su sueldo.
Sus símbolos eran una Palma Real y el acrónimo formado ingeniosamente con las
iniciales de su nombre completo, "RLTM" (Rafael Leónidas Trujillo Molina), que también significaban: "Rectitud,
Libertad, Trabajo y Moralidad".
La serie dedicada en 1944 al Centenario de
la Independencia
(Yvert, 371-379; A- 51-53 y hoja-bloque 1) será
la encargada de recoger por primera vez dicho acrónimo, contrastándolo
deliberadamente con el lema ideado en 1844 por los libertadores de la nación
dominicana: "Dios, Patria y Libertad". Hasta entonces, la consigna
elegida por el régimen para simbolizar sus logros era: "Paz, Trabajo y
Progreso" (véase la emisión de 1937 referida al 8º Aniversario de
la Presidencia
de
Trujillo, Yvert, 303).
Pero, además de una estructura política, Trujillo
se valió también de un entramado represivo totalmente concebido para hacer el
trabajo "sucio" del régimen,
la Patrulla
42, una banda paramilitar
que se encargaría de perseguir y represaliar a todas
aquellas personas que se significaran algo contra el trujillismo.
Más tarde, se haría famosa (y temida) la columna periodística El Foro
Público, que aparecía en el diario El Caribe y que constituía un
verdadero termómetro de la política nacional. Desde ese púlpito de papel,
Trujillo lanzaba periódicamente dardos envenenados (de forma anónima, eso sí)
contra sus colaboradores más cercanos, censurando sus comportamientos, tanto
públicos como privados, y reprochando sus actitudes; en definitiva, haciéndoles
caer en desgracia.
Poco tiempo después de asumir Trujillo el mando
presidencial, el 3 de septiembre de 1930, un gran ciclón, llamado el de San
Zenón, asoló la capital de la nación caribeña destruyéndola casi por completo.
Se contaron por miles las víctimas y los daños fueron muy cuantiosos.
A partir de ese momento, Trujillo y su gobierno se
involucrarán de lleno en una febril tarea de reconstrucción de la capital que
culminará en un tiempo récord (el Correo dominicano también se sumaría con la
emisión, en 1931, de una serie en beneficio de los damnificados, Yvert, 233-236). Por esa razón se
"decidió" que desde el 11 de enero de 1936, la antigua Santo Domingo
de Guzmán, la primera ciudad erigida por los españoles en América (fundada en
1496 por Bartolomé Colón) pasara a llamarse Ciudad Trujillo en homenaje
al dictador y a su empeño personal por el resurgimiento de la histórica
localidad. Una serie aparecida en 1937 celebrará el primer aniversario de la
nueva denominación (Yvert, 297-299)
reproduciendo una vista del obelisco erigido por tal motivo. Esa fecha, el 11
de enero, será declarada desde entonces como Día del Benefactor.
Durante
esos años, la filatelia dominicana reflejará mejor que nadie la intensa
actividad reconstructora del nuevo régimen y su incipiente personalismo, que
poco más tarde llegará a unas cotas inimaginables. Así, en 1934 se conmemora el
puente Generalísimo Trujillo sobre el río Yuna (Yvert, 267-269 y A-24); al año siguiente, y en
homenaje a su hijo, el puente Ramfis sobre el
río Higuamo (Yvert,
270-273); en 1936 se celebra la inauguración de
la Avenida George
Washington en Ciudad Trujillo (Yvert, 280-283)
y por último, en 1938, aparece un sello de Correo Aéreo (Yvert,
A-37) reproduciendo un hidroavión y el obelisco erigido en la capital.
Una vez cumplido su mandato, durante los años
1938-1942 Trujillo seguirá dominando la escena política, aunque esta vez figure
como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro plenipotenciario,
viajando como embajador extraordinario por todo el mundo. Es evidente que tanto
la masacre de haitianos ocurrida en 1937 como la consiguiente repulsa
internacional hacia el régimen determinaron que el dictador optase por ocupar
un discreto segundo plano cediendo el mando presidencial a Jacinto B. Peynado y Manuel Jesús Troncoso, sucesivamente.
El conflicto con Haití ha sido una constante en la
historia de
la
República Dominicana.
Nunca la relación entre los dos países
vecinos fue pacífica puesto que Haití siempre consideró la parte española de la
isla como territorio propio; de ahí las distintas invasiones que se produjeron
a lo largo del siglo XIX, que dejaron un sentimiento de odio y recelo hacia los
haitianos. A todo esto se sumaba la gran diferencia entre los dos países: Haití,
era esencialmente una nación africana trasplantada al Caribe (el 90% de su
población era de raza negra y el vudú constituía la religión más practicada) y
su nivel de desarrollo económico era calamitoso. Por el contrario,
la República Dominicana
estaba formada por una mayoría de mulatos, a los que seguían los descendientes
de españoles, y siempre hizo gala de su mayor componente europeo, sobre todo
hispánico, para diferenciarse del vecino. Por si fuera poco, aun dentro de su
pobreza, era una nación mucho más desarrollada, una especie de Eldorado para los miles de haitianos que buscaban un
trabajo que simplemente les permitiera sobrevivir.
Hay que decir que la frontera entre las dos naciones estaba
delimitada de manera muy imprecisa. Además, se estaba produciendo en la
práctica una paulatina haitianización del
territorio limítrofe dominicano puesto que gran cantidad de haitianos malvivía
buscándose la vida en los campos de caña de azúcar dominicanos (había zonas en
las que el krèyol era más hablado que el
español y la gourde predominaba claramente sobre el peso en las
transacciones económicas). Conscientes de la gravedad del problema, los
presidentes de
la
República Dominicana
y Haití, Horacio Vásquez y Luis Borno, suscribieron en 1929 el primer tratado de límites,
aunque en realidad no fuera estrictamente un trazado fronterizo. Como muestra
evidente de la importancia que los dos países dieron al compromiso, tanto el
Correo dominicano como el haitiano emitieron series conmemorándolo (Yvert, 223-227 y 263, respectivamente).
Sin embargo, el 27 de febrero de 1935, siendo ya Trujillo
presidente, se concluyó un nuevo tratado fronterizo que pretendía zanjar
definitivamente el conflicto (Yvert,
274-277). Es en este contexto cuando se produce la atroz matanza, promovida
por el propio régimen trujillista, de varios miles de
haitianos que vivían en las provincias dominicanas limítrofes con su país.
Todavía hoy no se conoce el número exacto de víctimas de la masacre (se habla
de, aproximadamente, entre
10.000
a
20.000 muertos(3)); lo
que sí se sabe es que poco después, en enero de 1938, y ante el clamor generado
por la opinión pública internacional, el gobierno dominicano se vio obligado a anunciar
la búsqueda de los responsables de la tragedia. Sin embargo, las reparaciones
económicas fueron ridículas, gracias sobre todo a las hábiles artes
negociadoras de Trujillo, todo un experto en estas lides, que consiguió acordar
con su colega haitiano Stenio Vincent una irrisoria
indemnización global de 750.000 dólares para los familiares de las víctimas.
Si el litigio con Haití era uno de los eternos
problemas no resueltos de la historia dominicana, el otro escollo fundamental
para la consolidación definitiva de la nación caribeña era el de la gran deuda
económica que este país había contraído principalmente con los EEUU. Tal débito
ponía en tela de juicio la soberanía de la nación, puesto que su Gobierno y,
consiguientemente, su Hacienda estaban mediatizadas por las directrices impartidas desde Washington, que ejerció un verdadero
protectorado sobre
la
República Dominicana
durante el primer tercio del siglo XX.
Efectivamente, una vez zanjada la cuestión
haitiana quedaba por solucionar el problema del endeudamiento externo. Uno
de los objetivos largamente perseguidos por Trujillo será pues, anular los
compromisos de las convenciones de 1907-1924 con el fin de que las aduanas
fueran controladas de nuevo por
la República Dominicana.
Así, firmará en diciembre de 1940 junto con el secretario de Estado de Asuntos
Exteriores norteamericano Cordell Hull(4) el
tratado que será conocido con el nombre de Trujillo-Hull. Por el mismo,
quedaron sin efecto las obligaciones contraídas, pagando el país en 1947 el
débito que para entonces ascendía a 9.271.855 millones de dólares; esa suma era
la que faltaba para abonar totalmente los veinte millones de dólares a que
ascendía la deuda externa cuando se inició su mandato. Desde entonces, un nuevo
título será adjudicado al dictador: Restaurador de
la Independencia Financiera
del País. Una serie de 1941 conmemorará este tratado (Yvert,
344-350) reproduciendo los retratos de los llamados Padres de
la Patria
(Duarte, Sánchez
y Mella), a los que significativamente se les añadirá la efigie del Generalísimo Trujillo.
En 1942 Trujillo es reelegido después de una campaña
electoral supuestamente reñida, que también tendrá su reflejo en la filatelia (Yvert, 367-370). Efectivamente, los cuatro
sellos que componen dicha serie reproducen los emblemas de los dos partidos
concurrentes, el Dominicano y el Trujillista,
junto con los votos conseguidos por dichas agrupaciones: 391.708 sufragios el
Partido Dominicano (el de Trujillo propiamente) y 196.229 el
"opositor" Partido Trujillista, una
organización curiosamente más fervorosa en su apoyo al dictador que la que
resultó vencedora en dichos comicios.
Su mandato, iniciado el 1 de agosto de 1942, se
prolongará hasta 1952. Durante este período, conocido como
la Altiplanicie
del Poder, se consolidará definitivamente el régimen(5), que
impulsado por la coyuntura económica favorable de la posguerra propiciará un
desarrollo económico nunca antes conocido en el país caribeño. Incluso se
permitió una cierta oposición política con la fundación de diversos partidos y
sindicatos (como el Partido Democrático Revolucionario, de tendencia
marxista), llegándose a establecer relaciones diplomáticas con
la Unión Soviética
(1944). En esta etapa también se producirá la única huelga importante que tuvo
lugar durante la dictadura, la protagonizada en 1942 por los trabajadores de la
caña de azúcar de
La Romana
y San Pedro de Macorís, que consiguieron ver cumplidas gran parte de sus
reivindicaciones laborales.
Otros hechos destacables durante este período son el
reconocimiento en 1942 del derecho al voto femenino; la apertura, también ese
año, del emblemático Hotel Jaragua, obra maestra de la arquitectura moderna en
el Caribe (dicho hotel, demolido en 1985, fue diseñado por el gran arquitecto
dominicano Guillermo González); la compra del First National Bank, que se
convirtió en el Banco de Reservas (Yvert, 353-354);
la creación de los bancos Central (Yvert, 717-718) y de Crédito Agrícola e Industrial; y por último, el Plan de
Alfabetización y las llamadas Escuelas de Emergencia (serie de 1941
celebrando la creación de 5.000 escuelas rurales, Yvert,
351-352), que le "valieron" a Trujillo para obtener el título de Primer
Maestro de
la República.
Así las cosas, en 1952, y en pleno apogeo del trujillismo, el dictador decidirá inesperadamente
presentar a un familiar, su hermano Héctor Bienvenido, como candidato para la
presidencia de la nación (se celebraban elecciones ese mismo año), argumentando
la reincorporación "a sus actividades de rector moral y político del
pueblo dominicano"; o sea, que seguirá gobernando el país, pero ahora en
la sombra.
Héctor Bienvenido, Negro, Trujillo Molina nació en
1908 y fue el único miembro de la dinastía Trujillo que realmente cursó
estudios militares superiores, desempeñando los cargos de comandante en jefe
del Ejército y secretario de Guerra y Marina. Investido Generalísimo, al
igual que su hermano, fue designado presidente de la nación el 16 de mayo de
1952.
Si hubiera que señalar un momento cumbre en la
historia de la dictadura trujillista, ese sería sin
ningún tipo de dudas la celebración de la llamada, presuntuosamente, Feria
de
la Paz
y
la Confraternidad
del
Mundo Libre. Dicho certamen, inaugurado el 20 de diciembre de 1955 y
clausurado el 31 de diciembre de 1956, se concibió con el fin de conmemorar el
25º aniversario de
La Era
de Trujillo y, de paso, mostrar al mundo las realizaciones del régimen y su
carácter de estandarte contra el comunismo; no podemos olvidar que estamos en
plena Guerra Fría y que los Estados Unidos hace tiempo que dejaron de
promover la democracia en el continente obsesionados por la amenaza de la
infiltración soviética (ahí estaba, por ejemplo, el reciente derrocamiento en
1954 del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz).
Durante ese acontecimiento no se escatimaron fondos del
erario público y se levantó un recinto ferial digno de admiración, con modernas
edificaciones (proyectadas en su mayoría por Guillermo González) que
albergarían los pabellones de los países participantes; en fin, todo un intento
para mostrar la cara amable del régimen. La filatelia dominicana también se
encargaría de conmemorar dicho certamen.
Efectivamente, en 1955 se celebró el 25º
Aniversario de
La Era
de Trujillo (Yvert, 435-438 y A-96-98) con
diversos sellos que reproducían la estatua ecuestre dedicada a Rafael Leónidas
Trujillo, así como distintos retratos suyos, de uniforme, con su característico
bicornio, y de civil. Igualmente figuraba en esta emisión su hermano Héctor
Bienvenido -a la sazón presidente formal de la nación-, que curiosamente un año
después sería filatelizado por otro país, Panamá, con
motivo de la celebración del Congreso Panamericano (Yvert,
A-150).
En 1955 también aparecerá la serie que propiamente
conmemora dicha exposición. Se trata de Fiestas de
la Paz
y
la Confraternidad
(Yvert, 439-440), siendo el motivo principal y exclusivo
de la misma la imagen de Angelita Primera, la hija
favorita del dictador (muchos ejemplos tenemos de esa predilección especial; no
en vano Trujillo ya la nombró embajadora especial en los actos de coronación de
la reina Isabel II de Inglaterra cuando tan sólo contaba con 14 años de edad). Angelita fue designada Reina de
la Feria
, y de ella decían
las crónicas de la época que llegó al recinto del certamen en un barco,
portando una corona repleta de piedras preciosas y luciendo un traje
confeccionado en piel de armiño por las mejores modistas de Roma.
En 1957 fue reelegido al frente de la presidencia
de
la República
Héctor
Bienvenido. Tal circunstancia no será recogida por la
filatelia dominicana, que seguirá ocupándose obsesivamente del verdadero
dirigente del país, Rafael Leónidas Trujillo, llegando incluso a celebrar su
66º cumpleaños (Yvert, 467-468) con una
serie que utilizaba como motivo principal la flor nacional, la de la caoba.
Sin
embargo, el país pronto va a comenzar a sentir la resaca del despilfarro
ocasionado por los fastos de la feria recién celebrada. Por si fuera poco,
empezarán a surgir importantes movimientos opositores(6) a la
dictadura y ésta recrudecerá la represión contra todo aquel que piense
distinto; así, el 14 de junio de 1959 un grupo de exiliados ayudados por el
régimen recién instaurado de Fidel Castro intentará la invasión del país desde
Constanza, Estero Hondo y Maimón (Yvert,
925), con el ejemplo muy reciente de la triunfante Revolución Cubana.
La represión será terrible.
Sonado fue el secuestro, el 12 de marzo de 1956,
en Nueva York, y su posterior asesinato por agentes de Trujillo, del vasco
Jesús Galíndez, periodista y profesor en
la Universidad
de
Columbia refugiado en el país caribeño después de
la Guerra Civil
Española, que publicó en 1953
La
Era
de Trujillo, una feroz crítica al régimen
dominicano.
Unos años más tarde, concretamente el 25 de
noviembre de 1960, el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), la policía
política de la dictadura, asesinará, ¡simulando un accidente de tráfico!, a las
hermanas Mirabal (Patricia, Minerva y María Teresa) cuando éstas salían de
la Fortaleza
de Puerto
Plata después de haber visitado a sus esposos, tres famosos dirigentes del
movimiento de oposición 14 de Junio encarcelados por sus actividades
contra el régimen. Este hecho va a provocar una gran consternación en la
sociedad dominicana, que definitivamente comenzará a tomar conciencia de la
dura realidad, del salvajismo y la falta de valores de que hacía gala el trujillismo.
Otra muestra de esa gran brutalidad fue el
atentado fallido (24 de junio de 1960) contra el presidente de Venezuela Rómulo
Betancourt, odiado por Trujillo por su apoyo constante a los exiliados
dominicanos. Este hecho fue el principio del fin del régimen, la gota que colmó
el vaso, pues
la Organización
de Estados Americanos (OEA) ya había acordado en su reunión de San José de
Costa Rica la imposición de duras sanciones al régimen que provocaron su rápido
aislamiento (se produjo la ruptura general en las relaciones diplomáticas con
todos los países americanos, el bloqueo económico de
la República Dominicana
y un embargo de armas); no olvidemos que ya en Chile, en 1950,
la OEA
había hecho su
primera declaración contra Trujillo. En pocos años, el dictador va a pasar de
ser el Primer Anticomunista de América, bastión de los EE.UU. en su
lucha contra el comunismo, a convertirse en una especie de apestado, en una
figura incómoda para sus antiguos aliados.
Por si fuera poco,
la Iglesia Católica
,
abanderada del régimen durante tantos años (muchos detalles así lo corroboran
como, por ejemplo, la condecoración que Pío XII otorgó a Trujillo,
La Gran Cruz
de
la Orden Papal
, o el
Concordato suscrito con
la
Santa Sede
en 1954), también le va a dar la espalda. El hecho
detonante será la pretensión de Trujillo de que se le concediera una nueva
distinción más a añadir a su largo catálogo de títulos honoríficos: Benefactor
de
la Iglesia. En
este sentido,
la
Carta Pastoral
del 31 de enero de 1960, censurando la falta
de respeto a los Derechos Humanos y la carencia de libertades, va a suponer el
desmarque definitivo de otro de los pilares en que se sustentaba la dictadura.
Las cosas se estaban poniendo feas. Por eso, ante el cariz
que estaban tomando los acontecimientos y con el único fin de aparentar un
distanciamiento de la dinastía Trujillo del poder político, Héctor Bienvenido
se verá obligado a abandonar la presidencia del país el 3 de agosto de 1960,
asumiéndola el entonces vicepresidente Joaquín Balaguer, eterno estadista
dominicano, mucho mejor visto en la escena internacional que su predecesor.
En esos últimos años de dictadura la filatelia no
reflejará los serios problemas que están acechando al país caribeño; por el
contrario, aumentarán las emisiones dedicadas a ensalzar la figura de Trujillo,
pero también la de sus hijos. Ejemplo de ello es la interesante serie de 1959
conmemorando el encuentro internacional de polo entre las selecciones de
la República Dominicana
y Jamaica (Yvert, 515-517 y 137-A),
en la que figura el retrato de uno de los vástagos del dictador, Leónidas Rhadamés Trujillo Martínez, a la sazón capitán del equipo
dominicano. Por cierto, en 1960 otra serie se referirá a él, la dedicada a
conmemorar la inauguración del puente Leónidas Rhadamés (Yvert, 530-533).
Pero como decíamos, la mayoría de los sellos del tramo
final del régimen están destinados a glorificar al Benefactor de
la Patria
, que así se
titula la emisión de 1958 (Yvert, 499-501 y hoja-bloque 15), que conmemora, nada más y nada menos, el XXV
Aniversario de la concesión a Rafael Leónidas Trujillo Molina del título de
Benefactor de
la Patria.
En 1959, el 29º aniversario de
La Era
de Trujillo es celebrado con sello y hoja-bloque (Yvert,
518 y 21, respectivamente), en los que figura la imagen del dictador de
uniforme, con su típico bicornio coronado por plumas de guacamayo, ante el Altar
de
la Patria. Y
así, llegamos a 1961, cuando aparece la que será la última emisión
-póstuma- dedicada a Trujillo, pues ese mismo año cayó asesinado: Memorial
Trujillo (Yvert, 552-556), se titula dicha serie,
que transcribe junto a una vista del monumento funerario erigido en su honor
una de las sentencias favoritas del dictador: "Mis mejores amigos son los
hombres de trabajo".
La noche del martes 30 de mayo de 1961, Trujillo subió en
su flamante Chevrolet Bel Air de color azul, modelo 1957, que conducía su
chófer de confianza, Zacarías de
la
Cruz. No
llevaba escolta por decisión personal (en noviembre
de 1960 había ordenado que se cancelara la vigilancia del SIM),
plenamente convencido de que ninguna escolta era capaz de desafiar lo que le
deparara el destino. Al igual que otras muchas noches, el dictador emprendía
viaje rumbo a San Cristóbal, donde tenía una casa de campo llamada
La Caoba. En
aquel
lugar, llamado así porque estaba construido totalmente de esa madera preciosa,
la preferida del presidente, descansaba después de sus largas jornadas de
trabajo; allí recibía también a sus amigos íntimos y disfrutaba de sus
frecuentes citas amorosas.
Eran las diez menos cuarto cuando
en
la Avenida
Washington
, rumbo a la carretera a San Cristóbal, un
Chevrolet negro abordó al coche de Trujillo, descargando los ocupantes de aquél
varias ráfagas de disparos, muchos de los cuales impactaron de lleno en el
cuerpo del dictador que, aunque respondió fieramente al ataque, murió
prácticamente en el acto. Su chófer resultó gravemente herido.
Detrás de ese atentado estaban varios militares
dominicanos (entre ellos, el jefe del ejército José René Román, que estaba
casado con una sobrina de Trujillo) descontentos con el devenir del régimen,
pero también, y principalmente,
la CIA
, que hacía ya varios años había perdido la
confianza en el hombre que durante tanto tiempo les hizo el trabajo
"sucio" en el Caribe.
El cadáver del dictador, totalmente acribillado de
balazos, fue hallado a las cinco de la madrugada del miércoles 31 de mayo
dentro del maletero de un coche. Rafael Leónidas Trujillo dejaba nueve hijos,
cinco de sus tres esposas oficiales (Aminta Ledesma, Bienvenida Ricardo y María
Martínez Alba, la última de ellas) y cuatro de sus amantes favoritas (Lina Lovatón, Elsa Julia, Norma Meinardo y Mony Sánchez).
Trujillo no sólo tuvo hijos y amantes. El sátrapa
caribeño igualmente acumuló durante su eterno mandato un sinfín de títulos y
honores, a cual más pintoresco(7): Primer
Médico de
la República
,
Primer Anticomunista de América, Primer Maestro de
la República
, Primer
Periodista de
la República
,
Genio de
la Paz
,
Protector de todos los Obreros, Héroe del Trabajo, Restaurador de
la Independencia Financiera
del país, Salvador de
la Patria
;
amén de los tradicionales Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos y
Benefactor de
la Patria
,
y Padre de
la Patria
Nueva.
Pero también se le otorgaron títulos en el extranjero,
algunos concedidos por países de intachable tradición democrática y otros no
tanto (Italia, Francia, Holanda, Argentina, México, Líbano, Marruecos,
Vaticano, Ecuador, España, Haití...). He aquí unos cuantos ejemplos:
la Gran Cruz
Nacional de
la Legión
de Honor, de Francia; el Gran Cordón de
la Orden
de Isabel
la Católica
y
la Gran Cruz
de
la Orden
de Carlos III,
ambos de España, impuestos por Franco a Trujillo durante su visita a nuestro
país en el verano de 1954 (estos títulos siempre fueron sus preferidos); o
la Gran Cruz
de
la Orden Honor
y Mérito,
de Haití (paradojas de la vida...).
Trujillo sería incluso propuesto por su legión de
aduladores como candidato para obtener el Premio Nobel de
la Paz
en 1936. Igual
"honor" le cupo su esposa, María Martínez Alba, oficialmente
la Prestante Dama
,
que fue postulada por la inmensa mayoría de los intelectuales dominicanos que
aún permanecían en la isla para el Nobel de Literatura de 1955,
aprovechando la repercusión internacional de
la Feria
de
la Paz
y
la Confraternidad
del
Mundo Libre.
Lo cierto es que Trujillo gobernó el país como si
de su hacienda particular se tratase(8) (las
historias sobre su inmenso patrimonio personal eran habituales ya desde su
época de militar). Suena a tópico pero fue así. Efectivamente, él y su familia
tenían intereses económicos en prácticamente todos los sectores productivos de
la nación; en unos casos en régimen de monopolio (tabaco, aceites comestibles,
sal, cerveza, medicamentos, cemento...) y en otros, casi (prensa, radio y
televisión, seguros, navegación y tráfico aéreo...). Al frente de la mayoría de
las empresas figuraban militares, políticos, amigos, en fin, personas de su
confianza. De esa manera, el sistema funcionaba como un entramado gigantesco
que servía para recompensar o castigar, según qué; pero también para cohesionar
y afirmar al régimen, ya que los intereses nacionales se mezclaban con los
particulares, cosa en cierto modo positiva pues la buena gestión de los
negocios repercutía también, aunque de manera tangencial, en la economía
nacional. Es innegable que
la República Dominicana
había experimentado una mejora
incuestionable en su nivel de desarrollo económico y social, sobre todo si se
comparaba con la situación anterior a 1930 y con la de los países de su entorno
(durante el largo "reinado" de Trujillo el Presupuesto Nacional había
crecido de seis a más de cien millones de dólares en su último año de
gobierno).
Apenas recién muerto Trujillo, el caos no tardaría
en apoderarse de las calles de las principales ciudades dominicanas y los actos
de saqueo y vandalismo contra sus propiedades, pero también contra todo aquello
que recordara al trujillismo (monumentos,
placas de calles, etc.) fueron generales. Sin embargo, la situación empezó a
calmarse pronto pues el aparato policial del régimen, el SIM, encabezado
por el siniestro coronel Johnny Abbes, permanecía aún
intacto.
Ni que decir tiene que la represión desatada en
busca de los culpables del magnicidio fue terrible. Especialmente cruel fue uno
de los hijos del dictador, Rafael Leónidas Trujillo Martínez -Ramfis-, que volvió precipitadamente de París, donde se
encontraba, para involucrarse personalmente en la venganza. Sólo dos de las
personas que participaron directamente en el atentado consiguieron escapar (de
forma rocambolesca, eso sí) y en la actualidad sólo permanece vivo uno de
ellos, Antonio Imbert. Los demás murieron después de sufrir penosas y
sofisticadas torturas, pudiéndose considerar afortunados los que perecieron en
el acto tras ser sorprendidos por el SIM, generalmente por una delación.
En octubre de 1961, José Arismendi -Petán- y Héctor Bienvenido -Negro-, hermanos
del dictador, abandonaron el país rumbo al exilio, pero en noviembre de ese
mismo año decidieron volver con la intención de dar un golpe de Estado. Joaquín
Balaguer, el futuro sempiterno presidente, que fuera mano derecha de Rafael Leónidas
Trujillo, consiguió eludir la crisis con el apoyo intimidatorio de la marina
estadounidense: el peligro de una involución trujillista había desaparecido. Para consolidar este estado de cosas, el 4 de enero de
1962, el Consejo de Estado dominicano confiscó y declaró bienes nacionales la
totalidad de las propiedades, acciones y obligaciones del clan de los Trujillo.
Nadie relacionado con el mismo podía tener empresas o intereses económicos en
el país.
En cuanto a las peripecias por las que pasaron los
familiares del dictador fueron variopintas. Así, la última esposa de Trujillo,
María Martínez Alba, con la que contrajo matrimonio en 1936, murió -de forma
natural, eso sí- varios años después en Panamá. Por su parte, su hija Angelita regenta en la actualidad una gasolinera en Miami y
se dedica a salvar almas en nombre de una secta religiosa.
Mención aparte merece la referencia al destino,
digno de una tragedia clásica, que sufrieron Leónidas Rhadamés y Ramfis, bautizados así por su madre, melómana
confesa, en homenaje a dos personajes de Aida,
la famosa ópera de Giuseppe Verdi. Efectivamente, Leónidas Rhadamés,
el mayor de los hermanos, más conocido por su faceta de jugador de polo, murió
en Panamá trágicamente asesinado por un clan mafioso colombiano en un asunto
bastante turbio, parece que de tráfico de divisas.
Ramfis, por su parte, el hijo favorito del dictador y la persona
en quien éste había depositado todas sus esperanzas para perpetuar la dinastía,
tampoco salió mejor parado. Nombrado a los siete años de edad coronel del
ejército, Ramfis Trujillo se convirtió a los diez en
general, alcanzando durante
la Feria
de
la Paz
y
la Confraternidad
del
Mundo Libre el grado de teniente general. Incluso llegó a ser jefe de
la Fuerza Aérea
dominicana. De carácter muy inestable, no en vano estuvo sometido en varias
ocasiones a tratamiento psiquiátrico en clínicas de Bruselas y Nueva York, toda
su vida fue una aventura, siendo incontables sus romances con las actrices más
famosas de Hollywood. Más preocupado por los placeres terrenales (mujeres,
viajes, coches...) que por sus responsabilidades públicas no le quedó más
remedio que optar por el exilio, una vez consciente de la imposibilidad de
restaurar el trujillismo en su país.
Así las cosas, Ramfis abandonó
la República
Dominicana
junto con su familia en noviembre de 1961. Poco
después se establecería en España -no olvidemos la gran amistad que tenía su
padre con el también Generalísimo, Francisco Franco-, y aquí terminó sus
días, el 28 de diciembre de 1969, en Madrid, a los cuarenta años de edad,
víctima de un aparatoso accidente de automóvil.
Digna es de reseñar la "aventura" que
supuso el traslado del cadáver del dictador hasta su definitivo destino en el
cementerio madrileño de El Pardo. Efectivamente, el 18 de noviembre de 1961 Ramfis Trujillo embarcó junto con toda su familia en su
yate Angelita con destino a París, llevando a
bordo el cadáver de su padre, que había conseguido sacar de la cripta de San
Cristóbal, donde reposaba. Después de un viaje repleto de vicisitudes, y una
vez en la capital francesa, los restos mortales de Rafael Leónidas Trujillo
fueron provisionalmente enterrados en el cementerio parisino de Père Lachaise.
Años después, en 1970, María Martínez negociaría
la compra de una parcela en el cementerio de El Pardo con el fin de levantar
allí un panteón familiar dedicado a la familia Trujillo. Así, el 24 de junio de
1970 se trajeron los restos de Ramfis desde el
cementerio de
La Almudena
,
donde reposaban en un nicho, y en noviembre los del Generalísimo Trujillo. Desde entonces yacen juntos los restos mortales de padre e hijo.
En 1962, recién cumplido un año del magnicidio, el Correo
dominicano emitió una serie de sellos (Yvert,
576-579 y A-158-159) junto con una hoja-bloque (Yvert,
26) conmemorando tal acontecimiento. Merece la pena citar el encabezamiento
de dicha hoja, "Aniversario del Ajusticiamiento del Tirano", para
constatar que el trujillismo pasó muy pronto a
la historia; cómo 31 años de dictadura personal fielmente reflejada en la
filatelia del país caribeño se diluyeron en apenas unos cuantos meses: no
estamos ante un asesinato sino que lo acontecido en la noche del 31 de mayo
(declarado desde entonces Día de
la Libertad
) fue un acto de derecho, un
"ajusticiamiento" realizado por unos patriotas, los Héroes del 30
de Mayo.
En cuanto a los sellos de esta emisión, que
también aparecen plasmados en la hojita antes mencionada, reproducen diversos
motivos simbólicos sobre la libertad recién alcanzada, como unas cadenas rotas,
la alegoría de la justicia y por último, la bandera dominicana junto a los
siguientes versos que fueron escritos por Emilio Prud'homme (Yvert, 690) para el Himno Nacional(9):
"Más Quisqueya(10) la
indómita y brava / que si fuere mil veces esclava / siempre la frente alzará /
y otras tantas ser libre sabrá".
Esa libertad, recobrada por los dominicanos
después de una larga espera, no iba a durar mucho tiempo ya que en los años
inmediatamente posteriores el país caribeño sufriría una nueva intervención por
parte de los marines norteamericanos e incluso una corta guerra civil.
La reconciliación nacional era todavía un proyecto al que le faltaban unos
cuantos años por consolidarse; pero eso ya es otra historia.
ANEXO: LOS
TRUJILLO EN
LA FILATELIA
La presencia del clan de los Trujillo en todos los ámbitos
de la vida dominicana fue abrumadora: marcas de cigarrillos, orquestas (y
merengues), provincias, ciudades, accidentes geográficos, calles, plazas,
monumentos... llevaban su nombre o el de sus familiares. La filatelia también
se sumó a esa costumbre.
A continuación, se enumeran los sellos emitidos
por el Correo dominicano durante el trujillismo,
referidos a Rafael Leónidas Trujillo Molina y a su familia. También se incluye
en esta lista la serie de 1962, Aniversario de
la Liberación
, por
tener relación con el dictador, aunque no trate de una emisión laudatoria ya
que celebra su asesinato. La clasificación se ha hecho utilizando como base el
catálogo francés Yvert et Tellier.
Rafael Leónidas Trujillo Molina:
1933.- III Aniversario del Régimen y 42 cumpleaños
de Trujillo (Yvert, 261-263).
1935.- Tratado de delimitación fronteriza con Haití (Yvert,
274-277).
1936.- Pro Archivo y Biblioteca Nacionales (Yvert,
287).
1937.- 8º Aniversario de
la
Presidencia
de Trujillo. VIII Año del Benefactor (Yvert, 303).
1941.- Tratado Trujillo-Hull (Yvert, 344-350).
1941.- Creación de 5.000 escuelas rurales (Yvert,
351-352).
1942.- Reelección de Trujillo (Yvert, 367-370).
1944.- Centenario de
la
Independencia.
1844-1944 (Yvert,
371-379 y A-51-53). Hoja-bloque (Yvert, 1).
1955.- 25º Aniversario Era de Trujillo (Yvert,435-438; A- 96-98).
1955.- Fiestas de
la Paz
y
la Confraternidad
(Yvert, A-99).
1957.- 66º Aniversario del Generalísimo Trujillo (Yvert,
467-468).
1958.- Rafael Trujillo. Benefactor de
la Patria
(Yvert,
499-501). Hoja-bloque (Yvert, 15).
1959.- 29º Aniversario de
la Era
de Trujillo (Yvert, 518). Hoja-bloque (Yvert, 21).
1959.- Censos nacionales (Yvert, 519-521).
1961.- Memorial Trujillo (Yvert, 552-556).
1962.- Aniversario de
la
Liberación
(Yvert, 576-579; A-
158-159). Hoja-bloque (Yvert, 26).
Juan Trujillo Valdez (el padre):
1939.- IV Aniversario de su muerte (Yvert,
320-324).
Julia Altagracia Molina Chevalier (la madre):
1940.- Día de las Madres (Yvert,
330-333).
1961.- Beneficencia. Protección a los Desamparados. Era de Trujillo (Yvert, 22).
Héctor Bienvenido Trujillo Molina (hermano):
1955.- 25º Aniversario de
la Era
de Trujillo (Yvert, A-97, 98).
Leónidas Rhadamés Trujillo Martínez (hijo): 1959.- Match de
Polo República Dominicana - Jamaica. (Yvert, 515,
517; A-137).
Angelita Primera Trujillo (hija):
1955.- Fiestas de
la Paz
y
la Confraternidad
(Yvert, 439-440).
1955.- Beneficencia. Fiestas de
la
Paz
y
la
Confraternidad
, Angelita Única (Yvert, 15).
Obras Públicas, Monumentos, Realizaciones, ...:
1934.- Puente Generalísimo Trujillo sobre el río Yuna (Yvert, 267-269; A-24).
1935.- Puente Ramfis sobre el río Higuamo,
19 de mayo de 1934 (Yvert, 270-273).
1936.- Inauguración Avenida George Washington en Ciudad Trujillo (Yvert, 280-283).
1937.- Aniversario de la nueva apelación de la capital (Yvert,
297-299).
1937.- Primeros Juegos Olímpicos Nacionales. Año VII del Benefactor (Yvert, 300-302).
1938.- Hidroavión y Obelisco conmemorativo (Yvert,
A-37).
1940-41.- Vistas. Fortaleza Trujillo (Yvert, 340).
1951.- Beneficencia. Era de Trujillo (Yvert, 5).
1954.- Beneficencia. Era de Trujillo (Yvert, 9).
1954.- Monumento a
la Paz
de Trujillo, Santiago de los Caballeros (Yvert,
431-433).
1955.- Beneficencia. Era de Trujillo (Yvert, 11).
1957.- II Feria Ganadera. Era de Trujillo (Yvert,
451).
1959.- Juegos Deportivos Panamericanos de Chicago. Estadio Trujillo (Yvert, 522).
1959-60 Inauguración Puente Rhadamés (Yvert, 550-553).
1961.- Aviación Civil Nacional. Avión San Cristóbal (Yvert,
A-141).
FUENTES CONSULTADAS:
* AZNÁREZ, Juan Jesús:
La Maldición
de El Chivo.
Periódico El País, 30-04-00.
* HIDALGO, Susana y ORUETA, Fernando de Luis: El último reposo de El Chivo.
Periódico El País, 10-09-00.
* MOYA PONS, Frank: Carrera de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
* PEGUERO, Valentina y DE LOS SANTOS, Danilo: Visión General de
la Historia Dominicana.
* RODRÍGUEZ, Juan Carlos: Trujillo, el dictador novelado.
Http://www.el-mundo.es/larevista/.
* VARGAS LLOSA, Mario:
La
Fiesta
del Chivo. Editorial Alfaguara.
NOTAS:
(1) Chivo era el
apelativo que usaron los miembros del comando que asesinó a Trujillo para
referirse a su víctima. El apodo con el que se conocía popularmente al dictador
era el de Chapita, debido a la gran cantidad de insignias y medallas que
siempre lucía en sus uniformes.
(2) Además de ser la tierra
natal del dictador, San Cristóbal también ha pasado a la historia dominicana
porque allí se firmó, el 6 de noviembre de 1844, la primera Constitución que
tuvo el país. Sin duda, esos dos acontecimientos tuvieron mucho que ver -sobre
todo el primero de ellos- para que Trujillo le otorgara a dicha localidad el
título de Benemérita Ciudad (fue en
1939, a
través de
la Ley
nº 93).
(3) El gran historiador haitiano Price-Mars (filatelizado por Senegal, Yvert 83-A) cifraba el
número de víctimas en aproximadamente 12.000. Por su parte, el propio Trujillo
llegó a reconocer el fallecimiento de unas 18.000 personas.
(4) Cordell Hull fue secretario de Estado de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos desde
1933 a
1944. Reconocido como uno de los principales impulsores de la política de buena
vecindad con los países iberoamericanos, recibió en 1945 el Premio Nobel de
la Paz
por su decisiva
contribución a la creación de las Naciones Unidas.
(5) Tras el ataque japonés
perpetrado el 7 de diciembre de 1941 contra la base naval norteamericana de
Pearl Harbour, el Gobierno de Trujillo sería uno de
los primeros en declarar la guerra a las potencias del Eje, alineándose así con
el bando que posteriormente resultaría vencedor. Consecuentemente,
la República Dominicana
también fue uno de los miembros fundadores de las Naciones Unidas.
(6) En 1947 y 1949 se produjeron
los dos primeros intentos serios de invasión del país por parte de varios
grupos opositores a Trujillo: Cayo Confites, perpetrado por el Ejército de
Liberación desde Cuba, y el más importante, protagonizado en 1949 por
la Legión Antitrujillista
desde Guatemala. Ambos fracasaron estrepitosamente.
(7) Sin ni siquiera haber
completado los estudios primarios, Trujillo era Doctor Honoris Causa por
las universidades de Santo Domingo y Pittsburgh (de esta última, se dice que
gracias a cuantiosos sobornos).
(8) A su muerte se calculaba que
el 70% de la tierra cultivable del país le pertenecía, así como más de un 50%
de la industria y el 25% de los recursos bancarios. Otras fuentes estimaban su
fortuna en unos 800 millones de dólares.
(9) Curiosamente fue Rafael
Leónidas Trujillo quien, en su calidad de presidente de la nación, declaró como
oficial (Ley nº 700, de 30 de mayo de 1934) el Himno
Nacional dominicano compuesto en 1883 por José Reyes y Emilio Prud'homme.
(10) Quisqueya era el
nombre con el que designaban a la actual República Dominicana sus habitantes
nativos, los Taínos, antes de la llegada de los españoles.
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